El dragón y la princesa

En la montaña descansa un dragón

que ha secuestrado a la princesa.

Ella no pudo tomar su espada

ni ponerse una armadura.

El dragón no puede comérsela,

pues espera que alguien del reino aparezca

y le proponga un desafío,

o que la sumisión del reino como rescate ofrezca.

Ansía dejar la montaña,

ansía ser el rey de la comarca.

Está cansado del caos y la destrucción.

Ya las llamas le lastiman el esófago.

Solo quiere retirarse a descansar

en el trono del castillo.

Ya no quiere ser odiado,

quiere que todos celebren

que el dragón ya no escupe más fuego.

 

El dragón guarda la entrada de la cueva

mientras la princesa aguarda en un rincón.

El dragón le dio dátiles, que ella rechazó.

Ahora está hambrienta y se pone a cantar una canción

que el bardo de la comarca le enseñó:

 

De las alas del dragón debes cuidarte.

Al escuchar su rugido debes alejarte.

Bajo un techo debes cubrirte

o con una lona debes taparte.

El dragón aletea,                   

el dragón acecha.

Ojalá que no te vea.

No respires, escucha su lamento,

el espanto monstruoso de su aliento.            

Que no te huela, ponte a sotavento.

Ojalá que esto no sea cruento.

El dragón aletea,

el dragón se aleja.

Eres valiente,

Ya puedes salir

de tu escondite.

 

El dragón abre sus fauces, deleitado por la voz musical de la princesa

y bota una bola de humo por la nariz chamuscada.

La princesa lo mira enfadada y le dice:

―¿Por qué no me dejas ir, dragón?

―Veo que no me tienes miedo, princesa, pues me diriges la palabra.

―Yo te hubiera matado ya, si me daba el tiempo de tomar mi espada.

―Sí, eres valiente, aunque agresiva. ¿Por qué quieres matarme, si no busco hacerte daño?

―Mil soldados han muerto, algunos que tenían hijos, algunos que tenían padres. Mil soldados han muerto, por lo que sale de tus fauces.

―Yo no busco redimirme por lo que he hecho de joven. Ahora soy viejo y estoy cansado. Solo busco ocupar el trono que me merezco. Y que ustedes sean mis súbditos.

―Jamás, dragón asqueroso. Jamás seremos tus súbditos.

―No lo entiendes, princesa enfadada. Quiero dejar de lado mi carga, mi maldición.

―¿Y cuál es esa maldición?

―El fuego que sale por mi boca.

 

La princesa recordó una historia que le había contado su nana:

Hace mucho tiempo, un viejo dragón secuestró al rey de la comarca.

La reina mandó a los más valientes guerreros a luchar contra el dragón,

pero el dragón enviaba bolas de fuego que diezmaban a los soldados.

Un día, un valiente guerrero samurái apareció por la comarca y desafió al dragón.

En combate singular el samurái le hundió en la garganta su katana.

Venció la batalla, pero no salió ileso, le quedaron los dedos chamuscados.

El dragón no podía más escupir fuego y, temeroso, alzó vuelo y se alejó.

El rey, agradecido, al samurái le otorgó los más grandes honores. Y ordenó que le forjaran una nueva katana.

Hasta recuperarse de las heridas, el samurái se quedó en la comarca y luego continuó su viaje. 

Algunas voces dicen que el dragón todavía tiene la katana atravesada y espera que algún día el samurái regrese por ella.

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